Respuesta corta: cuando programar deje de ser una capacidad escasa, la ventaja no estará simplemente en construir software. Estará en elegir qué vale la pena construir, para quién, con qué datos, mediante qué distribución y con qué resultado verificable para el negocio.
La inteligencia artificial está cerrando una brecha que durante décadas pareció enorme.
Antes, desarrollar software requería años de estudio, experiencia técnica y una curva de aprendizaje importante. Hoy, una persona sin formación profunda en programación puede apoyarse en IA para crear una aplicación, conectar una API, automatizar un proceso o construir una solución que hace pocos años habría requerido contratar a un equipo especializado.
Al mismo tiempo, quienes ya eran buenos programadores se han vuelto mucho más productivos.
La IA no eliminó la ingeniería. Pero sí redujo drásticamente la barrera de entrada para construir.
Y cuando una capacidad deja de ser escasa, también cambia la forma en que genera valor.
Ya vimos cómo una capacidad diferencial se convierte en infraestructura
A comienzos del siglo XX, fabricar un automóvil era un proceso lento, costoso y artesanal. Con la línea de ensamblaje móvil, Ford transformó radicalmente la producción: según la propia historia de la compañía, en 1913 el nuevo proceso permitió ensamblar un Model T en aproximadamente 90 minutos. El automóvil pudo fabricarse en menos tiempo, a menor costo y llegar a muchas más personas.
El automóvil no dejó de tener valor. Lo que dejó de ser extraordinario fue producirlo de la manera anterior. La historia de la línea de ensamblaje de Ford muestra cómo una innovación productiva puede convertir una capacidad escasa en una capacidad masiva.
Décadas después ocurrió algo parecido con los computadores e Internet.
Quienes vivimos los primeros años de Internet recordamos conexiones lentas, páginas que tardaban minutos en cargar y computadores que todavía representaban una inversión importante. Tener computador era diferencial. Tener Internet era diferencial. Saber construir una página web también lo era.
Después llegó la masificación: más fabricantes, más infraestructura, más velocidad, más competencia y más conocimiento disponible. Tener computador o conexión dejó de ser una ventaja competitiva en sí misma. Se convirtió en infraestructura.
Creo que algo parecido está ocurriendo ahora con la inteligencia artificial.
Construir software será más fácil; construirlo bien seguirá siendo difícil
Durante muchos años, parte del valor de una empresa de software estaba precisamente en su capacidad de desarrollar un ERP, un CRM, un módulo de inventarios, una integración, un dashboard o una aplicación interna. Todo esto requería tiempo, conocimiento especializado y presupuestos importantes.
Hoy esos tiempos empiezan a reducirse de manera acelerada. La consecuencia parece inevitable: muchas funcionalidades de software comenzarán a convertirse en commodities.
Eso no significa que desarrollar bien sea fácil. Seguridad, arquitectura, escalabilidad, mantenimiento, experiencia de usuario, observabilidad e integración siguen exigiendo conocimiento profundo. Generar código es una parte del trabajo; operar un sistema confiable cuando aparecen usuarios, datos sensibles, errores y cambios de negocio es otra muy distinta.
Pero la distancia entre quien podía construir algo y quien no podía hacerlo se está reduciendo. Y ahí aparece una ilusión peligrosa:
“Puedo crear una aplicación; por lo tanto, tengo un negocio”.
No necesariamente. Construir nunca ha sido lo mismo que crear valor.
La pregunta importante ya no es qué puede construir la IA
Yo soy empresario. He construido proyectos, he cometido errores y también he tenido fracasos. Buena parte de lo que realmente enseña una empresa no está en la tecnología.
Está en entender al cliente, vender, administrar costos, manejar personas, diseñar procesos, controlar riesgos y ejecutar. Está en descubrir problemas que desde afuera parecen pequeños, pero que dentro de una organización representan dinero, tiempo y oportunidades perdidas.
Por eso creo que la pregunta de esta nueva etapa ya no será únicamente “¿qué podemos construir con inteligencia artificial?”. Será “¿qué vale realmente la pena construir?”.
Probablemente tendremos millones de aplicaciones, agentes, automatizaciones y soluciones creadas con IA. Eso no significa que tendremos millones de buenos negocios.
El océano azul de la IA no consiste en decir “tenemos IA”
W. Chan Kim y Renée Mauborgne plantean en Blue Ocean Strategy que las empresas no deberían limitarse a competir dentro de mercados existentes —los océanos rojos—, sino crear espacios de mercado donde la competencia pierda relevancia.
Uno de sus conceptos centrales es la innovación en valor: perseguir simultáneamente diferenciación y bajo costo para producir un salto de valor tanto para el comprador como para la empresa.
Entonces surge una pregunta especialmente interesante: ¿cuál es el océano azul de la inteligencia artificial?
No creo que sea simplemente desarrollar aplicaciones con IA. Eso probablemente se convertirá rápidamente en un océano rojo. Tampoco será suficiente afirmar que una empresa “tiene inteligencia artificial”. En poco tiempo casi todas podrán decirlo.
El valor probablemente estará en otro lugar:
- conocer profundamente una industria;
- entender problemas que otros todavía no ven;
- poseer datos relevantes y saber interpretarlos;
- tener acceso al cliente y canales de distribución;
- construir confianza;
- entender procesos reales; y
- ejecutar mejor que los demás.
La inteligencia artificial no sería la propuesta de valor. Sería el multiplicador de esa propuesta de valor.
El cliente no compra inteligencia artificial: compra resultados
Un cliente rara vez quiere IA por la IA misma. Quiere vender más, reducir costos, eliminar reprocesos, responder más rápido, tomar mejores decisiones, reducir riesgos, ahorrar tiempo o crear una ventaja que antes no tenía.
Por eso, la próxima ventaja competitiva tal vez no sea saber construir. Será saber:
- qué construir;
- para quién construirlo;
- por qué debe existir; y
- qué resultado debe producir.
La IA está democratizando las herramientas, pero las herramientas no reemplazan automáticamente el criterio, la experiencia, el conocimiento del mercado, la capacidad de vender ni la ejecución.
Quizás ahí aparezca la nueva brecha. Antes, la ventaja era tener acceso a la tecnología. Después fue saber utilizarla. Ahora, posiblemente, la ventaja será saber convertirla en resultados.
¿Qué seguirá siendo difícil de copiar?
Si dentro de poco cualquiera puede construir prácticamente cualquier cosa, ¿qué seguirá siendo escaso?
- ¿El conocimiento acumulado de un negocio?
- ¿Los datos y los ciclos de retroalimentación?
- ¿La distribución y el acceso al cliente?
- ¿La confianza?
- ¿La experiencia obtenida después de años de errores?
- ¿La capacidad de ejecutar de forma consistente?
- ¿O existe un nuevo océano azul que todavía no estamos viendo?
Me interesa especialmente la opinión de empresarios, desarrolladores y personas que hoy están construyendo alrededor de inteligencia artificial.
Porque quizá el mayor error de esta ola sea enamorarnos de todo lo que la IA puede construir y olvidarnos de preguntar qué vale realmente la pena construir.

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